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Maestras tutunaku del Centro de las Artes Indígenas fortalecen su autonomía económica en Papantla, con UNESCO y Tala México

Con apoyo de Tala México, la UNESCO capacita a maestras totonacas del CAI en Papantla para la sostenibilidad de sus Casas-Escuelas y su patrimonio vivo.

Por Redacción DIMENSIÓN TOTAL
Lo que debes conocer para vivir mejor.

En Papantla, Veracruz, preservar la cultura no significa solamente mirar hacia el pasado. También implica construir condiciones para que quienes mantienen vivo ese patrimonio puedan vivir de él, transmitirlo y convertirlo en una oportunidad de futuro para sus comunidades.

Con esa visión, la UNESCO, con el auspicio de Tala México, puso en marcha un proyecto para fortalecer las capacidades de maestras y portadoras del patrimonio vivo tutunaku —también conocido como totonaco— del Centro de las Artes Indígenas (CAI), con un objetivo que va más allá de la capacitación: fortalecer la sostenibilidad económica de sus Casas-Escuelas y contribuir a que los conocimientos ancestrales continúen pasando de una generación a otra.

Y aquí está uno de los puntos que vale la pena mirar con atención: cuando una cultura puede sostener económicamente a quienes la preservan, la conservación deja de depender únicamente de apoyos externos y comienza a convertirse en una estrategia de desarrollo comunitario.

Una cultura que se aprende, se practica y se vive

El Xtaxkgakget Makgkaxtlawana, cuyo significado se traduce como “El esplendor de los artistas”, es el nombre tutunaku del Centro de las Artes Indígenas.

El CAI no funciona únicamente como una escuela de artes tradicionales. Su modelo está construido alrededor de distintas Casas-Escuelas especializadas en expresiones culturales como la alfarería, la cocina, la pintura, la música y otras manifestaciones del patrimonio tutunaku.

La UNESCO reconoce al Centro de las Artes Indígenas desde 2012 dentro de su Registro de Buenas Prácticas de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial. La propia organización explica que el modelo busca transmitir enseñanzas, valores, lengua y prácticas culturales, además de recuperar técnicas tradicionales y fortalecer la organización comunitaria.

Esto es importante porque el patrimonio cultural inmaterial no existe únicamente en museos o documentos.

Existe mientras alguien lo practica.

Mientras una maestra enseña.

Mientras una cocinera conserva una receta.

Mientras una artesana transforma la materia con una técnica aprendida de generaciones anteriores.

Mientras una lengua continúa siendo utilizada para transmitir conocimiento.

El patrimonio está vivo porque hay personas que lo mantienen vivo.

Y precisamente ahí comienza el reto económico.

¿Quién sostiene a quienes sostienen la cultura?

Una de las preguntas que pocas veces aparecen cuando hablamos de patrimonio cultural es aparentemente sencilla:

¿Cómo pueden sostenerse económicamente las personas que dedican su vida a preservar una tradición?

La respuesta no puede limitarse a pedirles que continúen transmitiendo sus conocimientos por vocación.

La cultura también necesita infraestructura, organización, comercialización, capacitación, acceso a tecnología y modelos económicos que permitan que sus portadores tengan ingresos dignos.

La UNESCO y Tala México buscan avanzar precisamente en esa dirección.

El proyecto plantea que las maestras y portadoras del patrimonio tutunaku desarrollen herramientas relacionadas con la salvaguardia de sus sistemas culturales, economía cultural y financiera, visión creativa sostenible y equidad de género.

Porque existe otra realidad que tampoco debe pasar desapercibida: son principalmente mujeres jóvenes y adultas quienes sostienen buena parte de los procesos de gestión y transmisión de este patrimonio.

Por eso, fortalecer sus capacidades económicas también significa fortalecer su autonomía.

Seis Casas-Escuelas toman el primer paso

La primera fase del proyecto contempla la participación de maestras de seis de las 15 Casas-Escuelas que integran el CAI.

Entre ellas se encuentran:

  • Casa-Escuela de Alfarería Tradicional Totonaca, Pu makaskujni xla lhtamananin li tutunaku.
  • Casa de la Cocina Tradicional Totonaca, Ix chik litlawat tawá.
  • Casa-Escuela de Turismo Comunitario, Pulakgatayan.
  • Casa de la Pintura, Pumánin.
  • Casa-Escuela Mundo del Algodón, Ix chik Latamat Panamak.
  • Casa-Escuela de la Música, Ix chik’ kan Tlagnanin.

La selección no es menor.

En estas Casas-Escuelas convergen algunos de los elementos que pueden transformar el patrimonio cultural en experiencias capaces de generar actividad económica: gastronomía, artesanía, arte, música y turismo comunitario.

Pero existe una diferencia fundamental entre comercializar una cultura y crear una economía cultural desde la propia comunidad.

El segundo modelo coloca a sus portadores en el centro de las decisiones.

Del patrimonio a una economía comunitaria

Uno de los objetivos del proyecto será que las participantes construyan una hoja de ruta con acciones organizativas y planes de negocio de corto y largo plazo.

La intención es vincular estas estrategias con experiencias de turismo comunitario que permitan descentralizar y diversificar las oportunidades económicas del CAI durante todo el año.

La palabra clave aquí es diversificación.

Una comunidad no debería depender exclusivamente de una temporada turística, de un festival o de la llegada ocasional de visitantes.

El reto consiste en construir un ecosistema donde una persona pueda conocer la cocina tradicional, aprender sobre alfarería, acercarse a la música, descubrir la historia de una comunidad o participar en una experiencia cultural diseñada y gestionada por sus propios portadores.

Esto puede transformar la lógica del turismo.

El visitante deja de ser únicamente un consumidor que llega, toma fotografías y se va.

Se convierte en participante de una experiencia.

Y la comunidad deja de ser solamente un escenario.

Se convierte en protagonista.

Tecnología para democratizar oportunidades

La participación de Tala México introduce otro elemento relevante: el papel del sector privado y de la tecnología en los procesos de inclusión económica.

La colaboración parte de una idea que resulta especialmente vigente en un país con una enorme diversidad cultural: la tecnología debería servir para ampliar oportunidades, no para profundizar las brechas existentes.

En este caso, las herramientas financieras, digitales y empresariales pueden ayudar a que las portadoras del patrimonio desarrollen capacidades para administrar, planificar, comercializar y proyectar sus actividades.

No se trata de sustituir los conocimientos ancestrales por tecnología.

Se trata de utilizar la tecnología para que esos conocimientos tengan mayores posibilidades de permanecer.

La propia UNESCO ha documentado cómo las comunidades tutunaku recurrieron a herramientas digitales para mantener vínculos y adaptar procesos de transmisión cultural durante la pandemia, cuando actividades artesanales, festividades y otras prácticas comunitarias enfrentaron fuertes restricciones.

La lección permanece vigente:

la tecnología no tiene por qué borrar la identidad. También puede convertirse en una herramienta para protegerla.

Turismo comunitario: cuando el visitante también contribuye

El proyecto se conecta con una visión de turismo responsable impulsada por la UNESCO, que busca que las comunidades portadoras tengan un papel central en la gestión de su patrimonio cultural y natural.

Esto cambia una pregunta tradicional.

Ya no se trata únicamente de:

“¿Qué puede ofrecer esta comunidad al turista?”

La pregunta debería ser:

“¿Cómo puede el turismo beneficiar de manera justa a la comunidad que conserva aquello que el visitante viene a conocer?”

La diferencia es enorme.

Un turismo cultural verdaderamente responsable debe considerar inclusión, corresponsabilidad, igualdad y accesibilidad, pero también mecanismos para que los beneficios económicos permanezcan en el territorio y fortalezcan a quienes hacen posible la experiencia.

En ese sentido, la cultura no debe convertirse en un producto descontextualizado.

Debe convertirse en una actividad económica capaz de respetar su origen.

Papantla y una conversación que México necesita tener

Papantla es mucho más que un destino turístico asociado con El Tajín o con la ceremonia ritual de los Voladores.

Es territorio de una cultura viva.

La UNESCO señala que Papantla se encuentra en el territorio ancestral del pueblo totonaca y que su patrimonio se transmite mediante la lengua indígena, las artesanías, los rituales, las ceremonias y distintas expresiones culturales.

Además, El Tajín está inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial desde 1992, reforzando la relevancia cultural de esta región.

Pero precisamente por esa riqueza surge una responsabilidad.

Cuando millones de personas viajan para conocer una cultura, es necesario preguntarse cuánto de ese valor económico regresa a las personas que la mantienen viva.

Porque una tradición no puede convertirse únicamente en atractivo turístico mientras sus portadores enfrentan dificultades para sostener sus procesos.

El verdadero patrimonio también necesita futuro

La iniciativa de UNESCO y Tala México plantea una idea que merece salir de Papantla y convertirse en una conversación nacional:

preservar el patrimonio cultural también es construir oportunidades económicas para quienes lo custodian.

México posee una diversidad cultural extraordinaria. Cocinas tradicionales, lenguas originarias, técnicas artesanales, música, danza, medicina tradicional, fiestas, rituales y conocimientos vinculados con la naturaleza forman parte de una riqueza que no puede medirse solamente por su valor turístico.

Tiene valor social.

Tiene valor histórico.

Tiene valor educativo.

Y también puede tener valor económico.

Pero para que esto ocurra de manera justa, las comunidades deben participar en la creación, gestión y distribución de esas oportunidades.

El proyecto del Centro de las Artes Indígenas apunta precisamente hacia esa dirección.

No pretende congelar una cultura en el tiempo.

Busca que continúe evolucionando.

Que las nuevas generaciones puedan aprenderla.

Que las maestras puedan transmitirla.

Que las comunidades puedan gestionarla.

Y que quienes dedican su vida a conservarla también puedan encontrar en ella una fuente sostenible de bienestar.

Lo que debemos conocer

La historia del Centro de las Artes Indígenas deja una reflexión que va mucho más allá de Veracruz.

El patrimonio no sobrevive únicamente porque lo recordemos. Sobrevive porque existen personas capaces de transmitirlo y condiciones para que puedan seguir haciéndolo.

Por eso, hablar de cultura también es hablar de economía.

Hablar de turismo también es hablar de responsabilidad.

Hablar de tecnología también es hablar de inclusión.

Y hablar de patrimonio indígena también significa hablar de futuro.

En Papantla, seis Casas-Escuelas comienzan una nueva etapa con una pregunta que puede terminar siendo mucho más poderosa que cualquier plan de negocio:

¿Cómo hacemos para que aquello que nuestros pueblos han protegido durante generaciones también pueda sostener dignamente a quienes lo heredarán?

Quizá ahí se encuentre una de las claves para entender el verdadero significado de preservar un patrimonio vivo.

No se trata solamente de conservar lo que fuimos.

Se trata de crear las condiciones para que podamos seguir siendo.

DIMENSIÓN TOTAL | Lo que debes conocer para vivir mejor

El patrimonio cultural no es una pieza de museo. Es conocimiento, identidad, trabajo, comunidad y memoria en movimiento.

Y cuando esa memoria encuentra herramientas para generar oportunidades sin perder su esencia, la tradición puede convertirse también en una forma de construir futuro.

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